¿Nos vamos a olvidar?

Hace 1 año y 7 meses la Covid19 llegó a España (aunque ya llevaba un tiempecito coleando en otros países) y nos obligó a todos a frenar de golpe nuestra vida.

¿Te acuerdas de lo primero que pensaste en ese momento?

Yo me reía en la oficina con mis dos compañeros de trabajo porque estaba acatarradísima, y, entre bromas, comentábamos que, si me tenían que ingresar, mejor al principio para que los hospitales estuvieran más vacíos y me hicieran más caso.

Unos días después, tenía dos formaciones; una por trabajo que se mantuvo, aunque con reticencias y dudas por parte tanto de organizadores como asistentes, y otra por ocio a la que iba a ir con mi prima y se canceló. Ambas cosas me parecieron una exageración.

¡¡¡Pero de repente nos mandaron a casa!!!

«Uy, qué bien, dos semanitas trabajando desde casa… la cantidad de cosas que voy a poder hacer, y qué cómoda voy a estar. Así ahorro, hago dieta sin planes que supongan una tentación…».

¿Dos semanitas?

Los primeros días fui consciente del día y hora en que vivía…

Después, el tiempo pasó a ser un concepto difuso e invadido por una cantidad e intensidad de emociones que aún hoy, a veces, me abruman y me parece mentira haber vivido.

Recuerdo perfectamente la primera persona cercana que se contagió (e ingresaron). Y el susto que supuso.

Recuerdo las llamadas desde otros países a horas en las que todavía mi cerebro no se había activado, con preguntas que no sabía responder y que implicaban decisiones que no podía tomar sola ni a la velocidad que se necesitaba. Recuerdo la angustia al pensar que no podía ayudar… y la responsabilidad enorme que sentía encima.

Recuerdo una cantidad de reuniones y formaciones espontáneas innumerable, después y entre las cuales sólo lloraba.

Recuerdo el sonido permanente de las ambulancias (vivo al lado de un hospital, y del primer hotel que se medicalizó para dar apoyo).

Recuerdo la tristeza e impotencia al escuchar subir los números día a día. Y la decisión de dejar de ver las noticias porque, de verdad, NO PODÍA más.

Recuerdo ver la calle vacía desde mi ventana. Y los vídeos de otras ciudades vacías (MI Roma) que me ponían los pelos de punta…

Recuerdo la primera vez que salí a hacer la compra, que no sabía si los guantes y mascarilla que llevaba eran los correctos y miraba a todos lados para ver qué hacían las pocas personas con las que me cruzaba. Y recuerdo el audio que le mandé a un amigo mientras andaba por la calle, diciéndole que llevábamos 8 días en casa y ya no podía más, que necesitaba el «contacto» con otras personas, los abrazos… (¡8 días!)

Recuerdo la cara de mi vecina cuando llamó por primera vez al timbre y me pidió hablar de puerta a puerta en el descansillo, porque necesitaba ver a alguien más que no fuera su marido (tiene 83 años, sus hijos viven fuera de Madrid, y no está habituada a las videollamadas). Desde entonces, cada día venía con una excusa nueva: una mascarilla que me había cosido, un tupper con cocido que me había preparado, preguntas sobre los aplausos desde las ventanas (al principio no salía en las noticias porque la primera vez se convocó por RRSS). ¡La Covid19 me ha regalado una abuela!

Recuerdo no saber qué hacer con tanto «tiempo para mí» cuando empezó el ERTE y tenía todas las tardes libres.

Recuerdo los conciertos virtuales, las horas infinitas jugando al Catán online, a la gente comprando puzzles de forma compulsiva, la creatividad de mis amigas preparándoles juegos a sus hijos, la cantidad de películas vistas y libros leídos. Las tablas de ejercicio en casa, y los hobbies recuperados.

Recuerdo a varias de mis amigas teniendo bebés en plena pandemia, asustadas por no saber cuánto tiempo y cómo iban a poder estar en el hospital. Primerizas yéndose a las 24h a casa y sin poder recibir visitas…

Recuerdo la emoción a flor de piel asomada a la ventana escuchando los aplausos. Y la indignación visceral por muchas cosas que no merecen ser nombradas en este blog.

Recuerdo la necesidad repentina de todo el mundo de hacer llamadas virtuales en cualquier momento, directamente y sin avisar, pillándote en las situaciones más inoportunas.

Recuerdo las VINO-llamadas, y las clases online de cocina.

Recuerdo el bloqueo emocional absoluto que me impedía escribir (¡¡hoy me estoy resarciendo!!).

Recuerdo los detalles enviados y recibidos en casa por sorpresa, para animar a personas queridas y sentirnos más cerca. Y los vídeos familiares.

Recuerdo recibir una de las peores noticias que me podían dar, el primer día que pisé la calle «con horarios» y sin poder traspasar cierto número de KM.

Recuerdo la primera persona a la que vi cuando pudimos empezar a movernos, que llamó a mi telefonillo cuando menos lo esperaba.

Recuerdo pensar todo tipo de alternativas para saltarme la cuarentena y poder ver a mi familia. Y recuerdo mis lagrimones con el primer abrazo a mis tíos.

Recuerdo hacerme un horario y listado de tareas rutinarias, para no «dejarme», y no permitir que el aislamiento me quitara las ganas de sentirme y verme bien.

Recuerdo la cantidad de gente con la que hablé por whatsapp, llamada o videollamada, con la que no hablo tan a menudo en situación normal…

Tarjeta Ana

Y esto sólo en los 3 primeros meses… 

Después pasamos un verano atípico, algunos con más miedo que otros, juzgando, sobreviviendo, compartiendo el tiempo que de otra forma no hubiéramos podido, volviendo a los pueblos, viéndonos en grupos reducidos y siempre al aire libre, sin saber cómo saludarnos…

Y en octubre nos volvieron a aislar. Pero esta vez me fui de Madrid para que me pillara acompañada (muy bien acompañada). ¡¡Y contagiada, para inaugurar el nuevo confinamiento!! 

Fiebre, toses, cansancio… tuve la suerte de no notarlo demasiado, sentirme cuidada y compartiendo contagio, dudas, sensaciones… Y «en casa».

Empezó ¿la caída de pelo? ¿el olvido de palabras? ¿los sabores raros? ¿el ahogo al andar? Supongo que cada uno con lo suyo… Yo me he quedado con algún regalito de la Covid19, pero fui una afortunada y no me puedo quejar en absoluto de cómo lo pasé.

Recuerdos las caminatas con mi tía por recorridos variados.

Recuerdo trabajar con un nuevo escenario, y las reuniones virtuales sentada en el porche con el atardecer de fondo.

Recuerdo leer varias sagas de libros enteras, disfrutando de cada rayo de sol que podía.

Recuerdos las galletas nocturnas y los programas malísimos de televisión a los que un año después me he vuelto a enganchar.

Recuerdo no saber cuándo ni cómo volver, o si quería…

Recuerdo las PCR repetidas «por si acaso».

Recuerdo los nuevos reencuentros (con demasiada prudencia para las ganas que teníamos), las bodas con aforo limitado y los vídeos de amigas, una vez más para sentirnos más cerca.

Recuerdo una Navidad extraña, buscando la forma de seguir disfrutando con quiénes sí podíamos juntarnos, y de no dejar caer a quiénes no podían hacerlo.

Recuerdo empezar a ir a la oficina, 1 o 2 veces por semana, con mascarillas y ventanas abiertas, no sabiendo cuánta distancia era la necesaria entre persona y persona, pero con necesidad infinita de volver a vernos sin pantallas.

Recuerdo haber pasado más de 20 meses sin ver a alguna de mis tías y primos (algo imposible de pensar para mí, que soy tan familiera).

Podría recordar cada cosa vivida, sentida y pensada en este año y 7 meses, sin ninguna dificultad.

Pero, sobre todo, recuerdo la cantidad de cosas y teorías que pensé (y pensábamos todos) en esos días…

Al principio todo parecía irreal, una conspiración a nivel mundial (si Carreño hubiera estado aquí…). Algo que sólo iba a durar unas semanas y no nos iba a cambiar para nada.

Yo estaba preparando un viaje con mi amiga Maca en esos días, y me resistía a la idea de no poder hacerlo. Le decía «¿Cómo no se va a haber terminado esto en 2 meses?».

Ahora echo la vista atrás y no doy crédito a tantas cosas…

Supongo que cada uno ha formado su propia manera de entender o asimilar lo que ha pasado y sigue pasando (a otra escala, menos mal).

Yo, creyente, a veces pensaba que Dios nos estaba mandando una señal clarísima de que algo estábamos haciendo mal. Nos obligaba a valorar lo que está dentro de casa, a pasar tiempo con nuestras familias, a frenar el ritmo, a jugar con nuestros niños e involucrarnos más en su educación y crecimiento. Cuidar y preocuparnos más por nuestros mayores.

Nos hizo sacar lo mejor de cada uno para poder salir adelante sin volvernos locos.

Nos igualó a todos, dejando al margen países, edades, ideologías, profesiones… Nos hizo valorar más que nunca a los médicos y farmacéuticos, los cajeros de los supermercados, las fuerzas de seguridad…

Nos forzaba a entender que lo que hacemos tiene consecuencias directas en la persona de al lado.

Sentirnos afortunados por tener una casa en la que confinarnos, con tecnología que nos mantuvo entretenidos y en contacto con otros, pudiendo continuar con nuestros trabajos o formación académica…

Nos abrió los ojos sobre la importancia de cuidar nuestro planeta y la naturaleza. ¿Recordáis a los animales por las carreteras y calles, andando en absoluta libertad?

Y nos ha obligado a vivir en el presente, HOY, porque no tenemos ni idea de lo que toca mañana. Durante mucho tiempo no hemos podido «planear» porque todo era una incertidumbre.

Pero luego me cuestionaba todo lo anterior, y dejaba de entender.

Porque también exponía a mucho dolor y sufrimiento: a las familias que tienen problemas en su casa (abusos, violencia de género…); a quiénes perdían sus trabajos y veían cerrarse todas las puertas a su alrededor; los niños sin ir al colegio y relacionarse con otros niños (consecuencias en su educación, desarrollo, creación de vínculos) o yendo desde muy pequeñitos con todas las ventanas abiertas y mascarilla durante muchas horas, sin quejarse y con una actitud que muchos adultos no habrían tenido; gente mayor en las residencias o bien solos o viendo a sus familiares a través de vayas y cristaleras; personas perdiendo a sus seres queridos sin poder despedirse o hacer un funeral (afectando a su proceso de duelo); parejas rompiéndose; e infinidad de problemas psicológicos estallando a diario.

Y esto sólo en países como el nuestro… ya ni entro a hablar de aquellos en los que el confinamiento, para empezar, ni siquiera es una opción.

También recuerdo cosas bonitas, eh? No todo lo que he escrito es negativo…

Nunca pensé que podría convivir tantos meses con mis tíos y/o primos, rodeada de campo y naturaleza, a un ritmo más relajado que el habitual.

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Nunca pensé que hubiera tantas formas de demostrar amor a quiénes quieres, aún sin tenerles delante.

Nunca pensé que iba a valorar tanto que me de el aire en la cara, andar por el campo y poder mirar al horizonte.

Y fue fascinante ver la cantidad de iniciativas solidarias que surgieron, a amigos con empresas propias desviviéndose y sacrificando sus propios negocios por ayudar a los demás, otros dedicando tiempo todos los días a hacer mindfulness online para acompañar a quiénes necesitaban ese tiempo y espacio para dejar de lado la angustia vivida, y a otros creando plataformas de ayuda entre vecinos. Recuerdo haber participado en más de una «cadena de favores» durante esos meses, para ayudar como podíamos a quiénes podíamos.

Y ahora estoy encantada y feliz de que poco a poco podamos ir volviendo a la vida, haber tenido la posibilidad de vacunarme y que mis seres queridos también hayan podido hacerlo. Poder volver a viajar, ir todos los días a la oficina, reunirnos en grupo, cobrarnos todas las celebraciones pospuestas, retomar costumbres y tradiciones, planificar a medio/largo plazo, y especialmente, ABRAZAR!!!

Pero a veces veo cosas a mi alrededor, actitudes, que me sorprenden en negativo y pienso: ¿SE NOS VA A OLVIDAR? Parece que para algunos nada de todo esto haya pasado, simplemente han borrado un año de su calendario. Son y están igual que antes de la pandemia.

¿De verdad? ¿Todo esto no les ha dejado ningún poso?

Ojalá la NORMALIDAD nunca vuelva a ser como antes de la Covid-19, aunque volvamos a vivir sin restricciones.

Ojalá haya más empatía y responsabilidad social, y cada persona haga de vez en cuando una reflexión profunda que le sirva para aprender y construir en positivo desde lo que hemos vivido. 

No hace falta anclarse en el pasado. ¡¡¡De hecho, no lo hagamos!!! 

Pero tampoco olvidemos…

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