Guinea. Capítulo 3 “Llorar de la risa arracatablemente”

Los siguientes días consistieron básicamente en conocer el colegio, hablar con los niños que por allí pasaban para ver qué les gustaría hacer cuando montáramos el campamento, y la búsqueda de billetes para volver de Bata a Malabo ya que Jess y yo no teníamos. Y las luchas que esto último nos suponía con los Hermanos (gemelos a quiénes nunca conseguí diferenciar) Juan y Santiago que muy amablemente nos querían acompañar y llevar a todas partes (con una única canción repitiéndose en su coche de forma enloquecedora, mientras el asiento trasero se tumbaba con cada frenazo) cuando nosotras solo queríamos ir andando y por nuestra cuenta para poder conocer más. Obviamente, en un país en el que todavía predomina el machismo, la opción de que dos mujeres (y encima blancas) anduvieran solas por la ciudad… no era la más deseable.

A pesar de ello, conseguimos escaparnos en alguna que otra ocasión y callejeamos por calles y mercadillos (comprando vestidos y regalos típicos guineanos), y compartimos taxis con quién siguiera el mismo camino que nosotras, técnica muy habitual allí pese a nuestro absoluto asombro.

También pasamos bastante tiempo con el Hermano Miguel que quería que le ayudáramos a corregir su tesina, y con el Padre José que estaba enfrascado en las matrículas de los niños. Y conocimos las casetas que tiene la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) a pie de playa donde intentamos hablar con la “Señorita Myriam” que era la responsable, sin mucho éxito.

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Jaime, por su parte, pasaba los días buscando la manera de conseguir permisos para ir a Corisco y para organizar excursiones, o viajando en coche y compartiendo asiento durante horas con una señora y su hija y la zona de los pies llena de bolsas de pan, a Cogo, lugar por el que ya había pasado en su anterior viaje recorriendo África. Por las noches se unía a nosotras para cenar, y después nos quedábamos hablando hasta las mil o corrigiendo la tesina de Miguel, que nos dio para alguna que otra anécdota que aún hoy nos hace llorar de la risa “arracatablemente”.

A mitad de semana conocimos a Esperanza, hermana de Venancio y nuestra salvadora. Coincidimos con ella en una visita que hizo al colegio, y tomándonos con ella una coca cola en la “abacería” (bar y tienda que tiene de todo; cepillos de dientes, uñas postizas, gomas de pelo, bombillas, comida…) que había en la entrada, le contamos el problema que teníamos con los billetes de vuelta a Malabo. Casualidad maravillosa, conocía a la jefa de CEIBA, una de las compañías aéreas de Guinea, así que la llamó y no sólo nos consiguió billetes tonteando con el chico de la agencia, sino que además se aseguró de que su hermana nos fuera a buscar, nos acogiera la noche del sábado en su casa de Malabo y nos llevara al aeropuerto el día siguiente.

Podemos decir que fue la felicidad del momento, aunque en realidad sé que fue pura inconsciencia, pero Jess y yo decidimos tomarnos un helado (era el 2º de Jess, así que lo suyo es peor todavía). En ese momento no caí en que los helados ESTÁN HECHOS CON AGUA!!! Pero después pagamos las consecuencias…

Mención especial merecen también: Melanio (un vecino del colegio que se puso a hablar conmigo una de las tardes que yo estaba leyendo sentada en mi barandilla), que me veía como “un fruto maduro” y quería pedirle mi mano a Jess. Y Sebastián (uno de los profes del colegio que tenía doble nacionalidad y a toda su familia en España) quién resultó ser verdaderamente interesante y nos contó un montón de cosas sobre cómo funcionan las familias, matrimonios, divorcios, etc… en Guinea. Y la brujería!!!

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La última noche de Jaime en Guinea coincidía con la entrada en mi cumpleaños, así que después de cenar nos quedamos los dos hablando en el salón del colegio y haciendo tiempo hasta las 00.00h. Pero no contento con felicitarme como una persona normal, cuando nos fuimos a dormir, me meto en el baño a lavarme los dientes y de repente oigo un barreño de agua caer, a él tronchándose de risa y diciendo “Felicidades Alejandritaaaaa”. 5 segundos después yo llamaba a su puerta para que me explicara qué había pasado mientras su cara pasaba a empalidecer.

Siempre supimos que nuestros baños se conectaban por el techo… Lo que no sabíamos es que había un tercer baño entre medias. Y su dueño, pobre, fue el que esa noche sufrió los efectos de la bromita de Jaime.

Ataque de risa!!!!!!!

Fuimos a pedirle perdón a nuestro vecino de habitación, a la 1am y los dos en pijama. Lo que pensaría el pobre “Hermano”, menos mal, se lo reservó para él…

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Y siiii, por fin llegó mi cumple oficialmente!!! Amanecimos super pronto para despedir a Jaime, pero también para ir a misa (todos los días en realidad) que ese día la ofrecían por los dos; por su viaje y por mi cumpleaños. Nos fuimos a dar una vuelta, peeeero… el famoso helado había empezado a hacer de las suyas y Jess empezó a encontrarse mal, así que volvimos al colegio. Mientras ella descansaba en la habitación, yo me puse con nuestros inseparables Juan y Santiago a hacer carteles con el curso para cada clase y a ponerlos en las puertas de cada aula.

El Padre Willy se había encargado de pedir que me organizaran una comida especial, así que ese día acompañamos los curiosos menús guineanos que con el tiempo  me acabaron encantando (como el plátano frito o cocido, el fufú que es como una bola de pan pero con sabor a coliflor, la carne de cebú, o el magnoc, que a Jaime no le pasaba por la garganta por su sabor fuerte y amargo) con refrescos y una tarta rosa como postre!!!!

Nuestra última tarde en el colegio la pasamos metidas en la habitación, ya que Jess seguía teniendo “contracciones” como decía ella y apenas se podía mover del dolor. Sólo salimos a investigar cuando escuchamos una música que no sabíamos de dónde provenía, para descubrir al Padre José ensayando con el coro para la misa del Domingo. Mereció la pena!!

Por la mañana del sábado recogimos y a medio día, con 3 horas de antelación, pusimos rumbo al aeropuerto. Como ya adelantaba en el capítulo 2, el lugar más caótico y desesperante del mundo. En aquel momento era lo más parecido al infierno que podía imaginar.

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Sólo 3 mostradores de facturación, con sus correspondientes cintas que funcionaban a una velocidad que no creí que pudiera ser real, en un espacio bastante reducido, con millones de personas apelotonadas (que no en fila) con sus maletas y bultos varios, un calor desquiciante, y gritándole los nombres de los pasaportes, uno por uno, a los auxiliares de vuelo. Los pisotones y empujones dejé de contarlos… 3 HORAS!!!!!!

Creo que semejante momento eclipsó todo lo que viví después, hasta que nos instalamos en casa de Deogracias y su familia ya en Malabo. Pocas veces he conocido a gente TAN generosa, buenos anfitriones y acogedores. No sólo nos dejaron dormir en su casa, sino que todas las chicas de la casa nos organizaron tour por la capital el día siguiente.

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Inmejorable final de viaje.

Pero continúo, continúo… 😉

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