Guinea. Capítulo 6 “Buenos días su señoría…”

1 de julio de 2012: Después de no haber dormido prácticamente nada por los nervios, cargada con mi macuto, una carpeta llena de billetes, pasaportes fotocopiados, horarios, agendas, seguros y teléfono en mano, me dirijo hacia el aeropuerto a una hora en la que todavía están poniendo las calles, sin ser muy consciente de que además me dirijo también hacia lo que será la experiencia de mi vida. O hacia lo que ya había empezado a serlo aún sin darme cuenta de ello.

No hubo grandes anécdotas en ese primer momento. Recuerdo saludar a Susana, la tía de Nereida, a quién ya conocía de la Fundación Numen. A Fernando Torrente, patrono de la Fundación… y a la madre de Pablo. Después de eso, el primer susto: el pasaporte en vigor de Álvaro Torrente no se corresponde con el que contiene el visado. Menos mal que mi salvador Jesús estaba ahí para solucionarlo. Mientras, y bajo la atenta y burlona mirada de Alviro, yo contaba a “mis” voluntarios para que nadie se perdiese. Cuando después de haberlo hecho compulsivamente varias veces me dijo “Ale, no hace falta que sigas contándonos, ya somos mayorcitos” fue como si me quitara el macuto de encima de golpe. Me sentí relajada y consciente de que no estaba sola…

Nos hicimos la primera foto todos juntos en la puerta de embarque, enfundados ya en nuestras camisetas y sudaderas corporativas, y… a dormir durante 5 horas!! Eso los que cayeron nada más sentarse. Los hubo que fuimos hablando sin descanso todo el camino… Creo que Pablo no era consciente en aquel momento de lo largas que serían nuestras conversaciones desde aquella primera vez, ni que seguiríamos teniéndolas después de tanto tiempo! Y cómo las disfruto…

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Recién aterrizados en Malabo: segundo susto!!! Jesús pasó el control de aduanas el primero y yo me quedé la última para comprobar que todos pasábamos bien y sin problema y que nadie se quedaba atrás. Coincidí con Álvaro Torrente, él en una ventanilla y yo en la de enfrente, de manera que veía todo lo que aparecía en el ordenador del chico que controlaba sus documentos. De repente: toda la pantalla se puso en rojo y empezó a pitar!!! Yo no sé si Álvaro fue consciente de mi cara, pero creí que me iba a desmayar. Tal fue mi agobio al pensar que se quedaba ahí y no le dejaban entrar, que he debido borrar de mi memoria lo que pasó a continuación. Pasada la aduana, llamé a Jaime para avisarle de que acabábamos de pisar Malabo y me contó que su tienda de campaña, junto con la maleta que le había metido dentro, se habían perdido en el camino y me pidió que mirara a ver si aparecía entre las maletas de ese día. Efectivamente, allí estaba, dando vueltas en la cinta. Pero la que no estaba era la de Carolina (que por suerte apareció un par de días después).

Como nos esperaba un buen ratazo de escala, la familia de Deogracias y Venancio vino a buscarnos en varios coches. Nos llevaron a conocer su casa y después a dar una vuelta express por la capital de Guinea, empapelada con carteles que felicitaban al Presidente por su reciente cumpleaños, y bajo un cielo absolutamente gris. Algunos iban haciendo fotos por las ventanillas de los coches, mientras yo grababa cada paso que dábamos.

Pasadas unas horas cogimos el siguiente vuelo, todos apretujaditos en un avión de la compañía Cronos que parecía de juguete, hacia Bata, donde Jaime, Venancio y Santiago nos esperaban en un aeropuerto que ya no era el que recordaba con tantísimo horror sino uno reformado y bastante más moderno, para llevarnos al esperado colegio Padre Luis Monti. 3 de los voluntarios fueron con Venacio en un coche, mientras los otros 13 nos metimos (con maletas incluidas y unos encima de otros o compartiendo 3 el asiento delantero) en una furgoneta; primera Jaimitada que a alguno le costó un buen mareo.

Ya en el cole, el Padre Willy nos esperaba ansioso. Y así lo demostró con un abrazo que aún hoy me emociona recordar.

Esa noche era la final de la Eurocopa de fútbol y muchos llegaban deseando ver lo que pasaba entre Italia y España, así que mientras terminaban de hacer la cena, todos se sentaron en el saloncito como pudieron y disfrutaron del partido mientras yo iba con Jaime a recorrer el internado y ver cómo había organizado todo antes de nuestra llegada y escuchaba todo lo que tenía que contarme. Vimos la habitación en la que dormirían los 6 chicos, y otras dos en las que nos repartiríamos las niñas. Él, por supuesto, en su “suite” como pasé a llamarla desde entonces. Una habitación bastante grandecita, con baño dentro.

Ya de vuelta al comedor, hablando sobre cómo había pensado organizar los días con los niños que asistirían al curso de verano, acabamos discutiendo. Los motivos, que nunca olvidé y se convirtieron en un post-it pegado en la pantalla de mi ordenador durante años para recordarme lo que nunca iba a ser, me los ahorro… pero lo cuento porque ya condicionó mi estado de ánimo aquella noche, que el pobre Jesús tuvo que presenciar las “puyitas” que nos lanzábamos el uno al otro en la mesa durante la cena. No empezábamos bien.

Después bajamos todos juntos al internado. Hicimos un “tour” con el Padre Willy, nos repartimos en las habitaciones, pusimos mosquiteras, nos instalamos… y salimos a los bancos que había colocados fuera en un semi-círculo y que se convertirían en algo así como un claustro de profesores. Hablamos sobre cómo serían las formaciones de cada mañana antes de dirigirnos a nuestras clases correspondientes, cómo cada clase tendría su tutor, grito y bandera, y cómo nos sentaríamos todos desde entonces, ordenados por cursos.

Y por si el cansancio del viaje sumado a la discusión que me sirvió de bienvenida fueran poco, todavía tuvimos que ponernos a seleccionar los libros que cada uno utilizaría en sus clases y a comentar el horario, que desde esa misma noche se convirtió en un reto para todos porque no conseguíamos que cuadrase. Había más niños matriculados de lo que éramos capaces de abarcar, así que las horas libres eran un lujo que no todos iban a poder permitirse, y había asignaturas y profesores que se solapaban.

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La primera mañana en el colegio nos sirvió para matricular a los últimos rezagados, colocar mesas dentro de algunas aulas que estaban vacías, explicarles a los niños la dinámica de clases y horarios que íbamos a seguir durante las siguientes 3 semanas, presentarnos, formar todos juntos por primera vez, empezar a estructurar como plantearíamos cada uno nuestras asignaturas, hacer un millón de fotos, tener nuestra primera reunión de profesores y contarnos las impresiones que habíamos tenido a lo largo de la mañana, conocer a Benjamín, Buenaventura y Nancy…

Y la tarde la dedicamos a conocer Bata. Después de cambiar dinero, nos dividimos en taxis y nos dirigimos al centro de la ciudad para disfrutar del mercado y el paseo marítimo por primera vez.

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Esa noche sería la primera de muchas que prepararíamos nuestras clases con nuestros frontales como única luz en la mesa del comedor del internado. Jaime y yo nos quedamos hasta tarde intentando hacer cuadrar los horarios mientras los mosquitos empezaban a acribillarme… y cuando ya nos rendíamos y dejábamos acabar el día, oímos un grito que al principio no supe identificar. Tampoco tuve mucho tiempo para pensar porque cuando quise darme cuenta Jaime había salido corriendo cuesta arriba hacia la puerta del colegio, vigilada siempre por una furgoneta de policía. Fui detrás, a oscuras y bastante más lenta, y cuando me acercaba le oí discutir y varias voces de hombre. No tenía muy claro lo que me iba a encontrar (por un momento tuve la impresión de que se estaban pegando) o si hacía bien apareciendo allí cuando a lo mejor debía quedarme calladita y dejarle a él solucionar lo que fuera que pasase. Pero sin darme mucha cuenta allí estaba, a la vista de todos. Una mujer había salido despavorida de su casa por la paliza que le estaba metiendo su marido, y éste intentaba hacerla volver a casa mientras los policías miraban la escena sin hacer nada. Jaime se negaba a acceder a las órdenes del marido enfurecido porque sabía cómo iba a acabar la noche… pero como le dijeron los policías, tampoco podía hacer nada, era “su marido” y estaba en todo su derecho. Otro momento que quise olvidar… Nunca llegué a saber en qué acabó la historia porque efectivamente no pudimos hacer mucho más que consolar a la mujer y ofrecerle nuestra ayuda, y con ese mal cuerpo irnos a dormir. O a intentarlo.

Con el paso de los días fuimos avanzando en la organización de clases y talleres; creatividad (cuyo aula era un auténtico horno) en el que se hacían las banderas de cada clase, pulseras, pintaban una de nuestras camisetas (que la mía demostraba que o me había tocado la clase de los más siniestros, o no les había gustado nada como profesora), se preparaban disfraces para las obras de teatro, etc… Deporte (fútbol o voleyball), animación (teatro y bailes) y sanidad, que empezó siendo primeros auxilios para acabar convirtiéndose en charlas sobre sexualidad. Muchas de las niñas, especialmente, tenían dudas y necesitaban información.

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Mi clase en concreto se me hacía cuesta arriba. En un momento de valentía o exceso de confianza me ofrecí a cambiarle la asignatura a Álvaro Torrente. Él iba a dar lengua y yo inglés. Pero de repente me vi dando lengua y literatura a chicos de primero y segundo de ESBA (para nosotros la ESO), que me pillaban en muchas preguntas a las que tenía que responder con un “pensadlo como deberes y mañana lo hablamos en clase” para que me diera tiempo a reaccionar y preguntar a alguien la respuesta a dichas dudas.

Había quiénes se tomaban en serio las clases y otros que preferían ser “abusadores” como dicen ellos y hacerle la vida imposible a sus compañeros, y en consecuencia a nosotros. Muchos acababan castigados recogiendo la basura del patio o ayudando a Jaime a pasar por las clases llevando agua, tizas y folios.

Al acabar nuestros turnos salíamos a dar un paseo, tomarnos alguna cervecita, conocer los alrededores, jugar con los niños que se quedaban pululando por el colegio… y volvíamos para cenar junto a los profesores que vivían allí (ellos preparaban uno de los platos y nosotros otro, pero la verdad es que nuestros/as cocineros/as eran casi siempre los mismos con alguna compañía que se ofrecía todos los días pero cocinaba poco, jejeje). Al acabar algunos se quedaban recogiendo y fregando (siguiendo nuestro orden por cursos), otros preparaban las clases del día siguiente, otros se quedaban hasta tarde viendo las estrellas o tumbados en los bancos de fuera cantando y hablando… y otros se iban pronto a dormir, siempre que Mickey Mouse y su familia no estuvieran correteando por la habitación provocando los gritos y carreras de más de una, o que al volver a su cuarto encontraran la cama donde correspondía y no subida a un andamio como castigo por desobedecerme.

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Alguna de las noches decidimos salir al bar que había al lado del colegio, tomarnos unas cerves y echarnos unos bailes con la gente local.

Pero lo más habitual era ver a Mar mandarnos a la cama a los más insomnes o que no queríamos perdernos ni un minuto de lo que pasara, con su “a dormí” para volver a empezar a las 6.30h – 7.00h del día siguiente, muchas de las veces después de oír a Jaime cantar a voz en grito por el pasillo “Buenos días su señoría, mandandirundirundan. Que quería su señoría?…”.

No recuerdo haber dormido más de 3.30h – 4h ninguna de las noches. Y sin embargo, tampoco tenía sensación de cansancio.

El primer viernes ocupamos la mañana en terminar los disfraces y organizar juegos hasta que llegara la hora de las representaciones de baile y teatro. Y después nos pusimos a preparar una barbacoa para profesores y voluntarios que pretendía ser la comida y acabó siendo cena, para desesperación y hambre voraz de casi todos.

Esa noche surgió el famoso “ay que me secuestran” de Nereida, que había inspirado a Jesús por su modelo (según él) parecido a los de Falete. Todavía hoy, tres años después, tenemos un chat con ese nombre y nos saca alguna que otra sonrisa al recordar el momento.

Una vez más apretujaditos en la furgo del cole, los fiesteros habituales salimos por la noche. En principio a tomar unas cervezas sentados tranquilamente en un bar mientras hablábamos. Pero después descubrimos una ¿discoteca? o sala de dudosa reputación en la que acabamos bailando el limbo con varias guineanas y frente a unos espejos que cubrían todas las paredes.

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CONTINUARÁ…

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